Aquí os dejo una reseña sobre el libro de Rafael Escobar.
RAFAEL ESCOBAR,
“Confortablemente muerto”, Ed. Tigres de papel, Madrid, 2026.
“Confortablemente muerto”: una estética de resistencia frente a la monotonía.
Tal como el peregrino Odiseo va naufragando y sobreviviendo de arrecife en arrecife, de isla en isla en su trayecto hacia Ítaca, así nuestro poeta va desgranando su introspección, su trasiego vital a través de los poemas ahítos de desnudez y hondura. Amor, fragilidad, cotidianidad e infancia son los pilares que instauran el mundo en el libro que nos ocupa, último poemario de Rafael Escobar (Cuenca, 1979).
Con una escritura segura y diestra, el autor nos conduce por los parajes donde el devenir vital y su monotonía lucen como gemas de autenticidad rescatadas mediante lúcidas reflexiones. De ese modo nos adentramos
por
Confortablemente muerto, El regreso del amor y Cada día, las tres
secciones que conforman el texto y que atraviesan la existencia humana.
Una existencia a veces amable, a veces dura, que discurre, por una parte, entre
el lenitivo de amistades, amores y aficiones…
Mi primera anestesia me la administraron mis padres /
con el oficio hermoso de su amor… //
El resto de las que me han adormecido /
el dolor todos estos años /
(los discos, los libros, los hombres que amé) /
me las he administrado yo solo)
Y, por otro lado, entre la grisura de la rutina. Ante esta Rafael se yergue a modo de héroe “camusiano”, asumiendo la estética de la resistencia ante lo inevitable y convirtiéndola en un acto de valor y dignidad, como es el seguir viviendo a pesar de ella.
Cada día /
el estupor o la amarga decepción /
de que esta sea tu vida, /
la felicidad acaso
***
No habrá apocalipsis, /
tan solo un dulce inclinarse hacia el fondo /
arrullado de rutina y un poco de tristeza
Pero
aquí no se completa el mapa. La letra del autor sigue ahondando en conmovedores
versos introspectivos sobre la vulnerabilidad individual —ese espacio
que conforma el epicentro de la naturaleza humana y que demanda amparo, acogida
y vinculación con el otro—. No obstante, y paradójicamente, a ojos de Brené
Brown mostrarse vulnerable requiere cierta dosis de valentía, sobre todo cuando
existe la posibilidad de equivocarse o ser juzgado.
Fluye amansada la vida sin besos… //
A veces fantasea pequeñas rebeliones, /
disparos contra su transcurrir / tan apocado /
pero su natural es manso, /
es prudente, sabe esperar /
y, con más pragmática efectividad, /
perder
Tampoco dejaré pasar otros aspectos que circulan de modo persistente en la letra del autor. A pesar de la aparente omnipresencia de la muerte que se anuncia en el título, es significativo el número de acotaciones dedicadas a la infancia, -o mejor dicho-, a la nostalgia de esa infancia, como quien añora la pureza y la libertad perdidas para reconciliarse con uno mismo o con su origen. El propio W. Benjamin nos habla sobre ella como una forma de activar vislumbres de felicidad y libertad para combatir la mediocridad del presente.
A la hora del fresco en la puerta, //
…jugaba yo con los niños en el descampado /
y me miraba al regresar de la calle /
como un corzo mira a un cazador, /
como una virgen dulce y hierática /
que nos abrazara en su regazo musitando /
“hágase en mi según tu palabra”
Por otra parte, y retomando la imagen de la muerte que aquí nos ocupa, esta se trataría más bien de una idea desdibujada o alejada —tal vez como posibilidad o recordatorio de la fragilidad inherente al ser humano—.
Saber que voy a morir /
es el último privilegio /
de una vida que en sí misma fue /
el azar feliz de un privilegio.
En
cambio, la presencia del amor —ese penar, ese soñar, ese
buscar…—, ese sentimiento que a decir de Platón “empieza por la atracción
física y asciende hasta la contemplación de la verdad y la idea suprema de la
belleza”, es ya una imagen clara y proactiva en el corazón del bardo, aun en
los momentos de desolación.
ya es hora de amar de nuevo, /
de pagar con el extraño coraje de tu sangre /
el respeto que debes al que es, //
tu único talento verdadero
***
Y cuando el deseo empezó a mirarnos /
con el desprecio que suscita todo /
lo que se sabe propio y cotidiano, /
aprendí como la desolación alcanza /
su sentido preciso en el hombre impar, /
gastándose como hueco deshabitado. /
que se acuesta solo
Finalmente, cabe mencionar el desarraigo y la tristeza
de no tener a donde recalar de un sujeto expuesto a la intemperie, y que aspira
a ser un miembro más de la comunidad.
A día de hoy, necesito algo /
que me ancle de nuevo a la vida /
un pasadizo entre el mundo y yo /
donde curarme del desarraigo //
prefiero un golpe… //
un sonido o un parpadeo en el bosque /
que sea capaz de recordarme que soy gregario.
***
No tener un lugar amado /
donde prenda mi afán de ala /
en el exilio más hondo /
que cavo, /
y a ratos acaricio
En el ámbito de lo formal, los poemas de formato versal, alejados de disrupciones, dislocamientos o incertidumbres, con una puntuación convencional y un verso final conclusivo, no se distancian de los parámetros tradicionales de la escritura poética. El verso corto y el largo se van alternando; es este último el más abundante y donde se alcanzan los más altos vuelos en su forma de versículo. La sintaxis utiliza signos de puntuación y estructuras convencionales, y es fluida y asequible —a veces entretejida con buenas subordinadas que enriquecen y complejizan el texto—. El sujeto poético transita fundamentalmente en la primera persona por los caminos de la introspección, salvo en algunos poemas como el irónico y magnífico “Pudridero”. La utilización de figuras retóricas se hace con soltura, como por ejemplo la metáfora (hemorragia de los días), bellas imágenes (París, y su lujuria de muchachas / empapadas de lluvia) o extrañamientos interesantes (toma tu cetro e impón el terror de lo bello), entre otras. Todo ello con un lenguaje poético ameno y seductor (...tú levantarás / los foros, las catedrales de neón rojo / donde Dios se corta las venas a media tarde).
En cuanto al tono o temperatura del lenguaje, este es calmado, sin sobresaltos —salvo alguna paradoja— y teñido de aceptación y nostalgia. Y, sin embargo, esa aceptación no está carente de esperanza cuando dice:
Y sin duda existen los semidioses //
…personas tan extraordinarias /
que su alma es el derramarse que tiembla /
en una gota de miel, /
cuyo talento es una ventana a un sol
***
Amo la vida /
…aún se del rumor de la sangre, /
me concierne el aire de su esperanza /
donde habito libre.
En definitiva, nos encontramos ante un libro desgarradoramente sincero —en su no decir diciendo— sobre las adversidades de la existencia, trufado de reflexión personal, pero también social o política en algunos casos; un espacio donde resuenan ecos de cercanía, de naturaleza, de vulnerabilidad, pero también de confianza más allá de la materialidad del mundo:
“El espíritu y la belleza no firmarán su extinción en este siglo”.
NOTA
BIOBIBLIOGRÁFICA
Rafael Escobar Sánchez (1979), natural de Belmonte (Cuenca), es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Castilla-La Mancha. Desde 2003 trabaja como profesor de enseñanza secundaria en varios centros de la región. En 2005 ganó el primer premio de poesía de Jóvenes Artistas de Castilla-La Mancha y en 2009 obtuvo el XXV Premio Joaquín Benito de Lucas por Todo el mundo debería ser apedreado (Ed. Melibea, Talavera de la Reina). En 2012 publicó los poemarios, en un solo volumen, Repartir los huesos y Caridad y claridad en Editorial Cocó de Valencia. Con Tigres de Papel publicó los poemarios Cerca de la herida (2014), Sino a quien conmigo va (2017) y Lover, lover, lover (2021). En Ed. Mahalta de Ciudad Real publicó su primera novela, Botas de siete leguas (2023).
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