“Soy Asurbanipal, gran rey, rey poderoso, rey del mundo, Rey de Asiria, rey de los cuatro rincones (del mundo), descendiente de Asarhadón, descendiente de Senaquerib”. Así reza la inscripción de Asurbanipal, 669-631 a.C. en las tablillas. Y así rezaría el pensamiento de Amat: “Yo esclava y arpista de la corte, que sin levantar los ojos, atiendo al ademán de la šakintu para proceder a tocar a la obligada distancia”. Si ello hubiera podido escribirse en la arcilla. El rey asirio Asurbanipal, cultísimo y despiadado, gobernó, guerreó y extendió la cultura cuneiforme desde la imponente capital de Nínive (Irak) por un territorio colosal que se extendía desde las fronteras de Irán hasta las costas de Egipto y el Mediterráneo. El cuneiforme fue la primera red global, adoptado por sumerios, acadios, babilonios, asirios, hititas, elamitas y persas. La invención del cuneiforme por los sumerios hacia el 3200 a. C. fue perfeccionada por civilizaciones como la asiria. Esto produjo la mayor revolución cultural de la historia de la humanidad, y marca la transición de la Prehistoria a la Historia. Esta escritura no fue solo un medio de registro, sino lo que transformó la mente humana y la estructura de las sociedades. Significó el nacimiento de la memoria histórica y la literatura, la sistematización de la ciencia y el pensamiento abstracto, el paso de la palabra sagrada a la ley escrita. Su complejidad requería años de estudio con especialistas. La escritura cuneiforme supuso la capacidad de acumular conocimiento de forma ilimitada. Todo esto se me ocurre a raíz de la exposición que vi sobre Asurbanipal en el espacio CaixaForum, donde se recrean, a mayor gloria, los logros del rey asirio; y donde, lógicamente, no aparece la intrahistoria de unos hombres, mujeres y niños que jugaban, como los nuestros, con el aro, las tabas, las canicas, los caballitos, y las muñecas. Unas mujeres veladas “para ser respetables” y sujetas completamente a los maridos. Unos maridos dedicados a labores agrícolas, así como a las obligatorias del reino. Y por supuesto todos casi vegetarianos a base de guisos con cebada, garbanzos, lentejas, habas, cebollas, ajos y puerros, salvo en ciertas celebraciones en que la realeza les repartía sobras de carne. Y, como muchos pueblos actuales, también sujetos a tuberculosis, lepra, malaria y afecciones gastrointestinales y cutáneas. Ciertamente, después de tanto siglo, no hay mucho que descubrir entre los vulnerables del orbe.




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